¿Qué es el egoismo?

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Respuesta:

En realidad el egoísmo es lo contrario del verdadero amor, ya que este nos
hace salir de nosotros mismos y nos hace darnos a lo que amamos transformándonos
en la cosa amada, en cambio el egoísmo nos tiene como centro de todas las cosas
a nosotros mismos y hacemos que todo convenga para lo que nosotros queremos, por
eso el egoísta no se sale de sí mismo sino que todo lo que haga será buscando su
propio interés. El mejor ejemplo del verdadero amor contrario al egoísmo es el
de Jesucristo que dio su vida por nuestro rescate sin sacar El ninguna ventaja,
solo buscando nuestro bien. Y también podes tomar los ejemplos de lo santos que
por amor de Dios se olvidaron de su bien terrenal y se dieron por completo en el
bien del prójimo, pero por amor a Dios, o sea el orden que Jesús enseñó cuando
el fariseo le preguntó cual era el primero y principal de los mandamientos.

En otro pasaje cuando Jesús dice aquello de que quien ama su vida la
perderá y quien odia su vida, por amor a Mi, la salvará
, justamente se
refiere al verdadero amor y al egoísta que hace que nos amemos de modo
desordenado o sea mas que a Dios y ese amor desordenado de nosotros mismo nos
llevará a perder la vida que es la vida eterna.

Te mando algo que salió en nuestra página web de la parte que se llama El
Sembrador, allí Monseñor Fulton Sheen describe como somos en realidad y lo que
nuestro egoísmo nos hace creer que somos. Si querés encontrar la continuación de
lo que trata Monseñor Futlon Sheen podes buscar en nuestra página web en: EL
Sembrador de los días: 11, 22, y 29 de mayo de 2004 y 5 de junio del mismo
año.

El «Ego» y el «Yo»

“El extraño caso del Dr. Jekylly de Míster Hyde” es la historia de todo
hombre nacido de mujer, porque dentro de cada uno de nosotros viven dos nosotros
mismos: el “Ego” y el “Yo”; el que aparece exteriormente y el que es; el hombre
que trata con otros hombres y el hombre desconocido para todos los demás.

El ego es lo que pensamos que somos; el yo es lo que, en realidad,
somos.

El ego es el niño consentido: egoísta, petulante, alborotador y
mimado, el origen de nuestros errores en la vida. ¡El yo es nuestra personalidad
hecha a imagen y semejanza de Dios!

Las vidas de nuestros dos nosotros
mismos no pueden ser vividas simultáneamente. Si pretendemos e intentamos
hacerlo, sufriremos remordimientos, ansiedades y descontento interno. Si la
verdadera libertad se ha de hallar dentro de nosotros mismos, el ego debe ceder
al nacimiento de nuestra propia personalidad. Pero es un compañero tan
familiarizado, para algunas personas, que no puede ser fácilmente dejado de
lado, y no hay provecho ninguno en decirles que el superficial ego no tiene
lugar legítimo en su interior. Lo mismo que la capa de arcilla de las
fundiciones, el falso ego debe ser arrancado, separado y arrojado, y es éste un
proceso que implica desasimiento, dolor, y que causa cierta
indignación.

Cuando el ego domina nuestra vida, vituperamos pequeñas
faltas en los demás y excusamos grandes errores en nosotros mismos; vemos la
paja en el ojo ajeno e ignoramos la viga en el nuestro. Somos injustos con los
demás y negamos que haya falta en nuestra actitud; otros hacen lo mismo con
nosotros y decimos que debieran conocer mejor las cosas. Odiamos a otros seres y
a ese odio lo calificamos de “celo”; halagamos a otras personas teniendo en
cuenta lo que pueden hacer en nuestro favor, y a esto lo llamamos “amor”; les
mentimos, y esas mentiras las justificamos denominándolas “tacto”. Somos remisos
para defender en público los derechos de Dios, y a eso lo calificamos como
“prudencia”; procediendo egoisticamente hacemos a un lado a otros seres, y esa
actitud es ante nuestros ojos “procurar nuestros justos derechos”; somos severos
críticos de los demás y decimos que “enfrentamos valientemente los hechos”; nos
rehusamos a abandonar nuestra vida de pecado, y a cualquiera que así procede lo
tildamos de “escapista”. Nos cuidamos excesivamente y decimos “cuidar la salud”;
juntamos más riquezas de las que son necesarias para nuestra situación en la
vida y decimos procurar la “seguridad”; nos causa disgusto la riquezas de los
demás y nos vanagloriamos de ser “defensores de los sumergidos”; negamos
inviolables principios de justicias, nos aseguramos con toda firmeza en el aire
y decimos ser “liberales”. Empezamos nuestras frases con el pronombre “Yo”, y
condenamos a otras personas como inaguantables, porque desean hablar acerca de
sí mismas, siendo así que nosotros deseamos hablar acerca de nosotros;
arruinamos la vida familiar por medio del divorcio, y decimos que nos es preciso
“vivir nuestra vida”; creemos ser virtuosos... simplemente porque hemos hallado
a alguna otra persona más viciosa.