La misericordia de Dios y los Santos

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“La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado –escribe Juan Pablo II-, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillas de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de “misericordia” parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado. Tal dominio (...) parece no dejar espacio a la misericordia” (Carta Enc. Dives in misericordia, n. 2). Más de 400 pasajes de la Biblia hablan de ella. Ver por ejemplo: Salmos 102 y 114. La Virgen nos dice en el Magnificat: Su misericordia va de generación en generación para aquellos que le temen (Lucas 1,50). Podríamos preguntar, y actualmente, ¿quién teme a Dios? Pocos temen ofenderle. San Pedro Crisólogo, dice que la misericordia del Señor "es superior a todas sus obras. La misericordia llena el cielo, llena la tierra... es por esto que la grande, generosa, única misericordia de Cristo, que reservó todo juicio para un solo día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia... es por esto que se precipita totalmente hacia la misericordia el profeta que no confía en la propia justicia". Según San Mateo, en el juicio final, las obras de misericordia son el único pasaporte para entrar en la Gloria (Mateo 25, 34-46). Dios nos pide matizar nuestros juicios para que no sean duros, implacables, sino llenos de misericordia y comprensión. Además, estamos en deuda con Dios, pues, “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida en Cristo” (Juan Pablo II, Carta Enc. Dives in misericordia, n. 1). En la Constitución Gaudium et spes n. 22 leemos: “Cristo, el nuevo Adán..., manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”: y esto lo hace “en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor”. La mística española, en proceso de beatificación, Josefa Menéndez, escribe que Jesús le dice: “Muchos creen en mí, pero pocos creen en mi amor, y de entre aquellos que sí creen, demasiado pocos se abandonan a mi misericordia. Me reconocen como a su Dios, pero qué pocos confían en mí como su Padre”. La gran batalla por las almas, hoy, no es una batalla entre la moralidad y la inmoralidad, sino entre el orgullo y la humildad, entre la confianza y la desesperación. A Santa Catalina de Siena le dice Jesús: Mi misericordia es incomparablemente superior a todos los pecados que puedan cometer las criaturas. San Josemaría escribió: “Si recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra, se extiende a todos sus hijos, super omnem carnem; nos rodea, nos antecede, se multiplica para ayudarnos, y continuamente ha sido confirmada. Dios, al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su misericordia: una misericordia suave, hermosa como nube de lluvia”. (Es Cristo que pasa, n. 7). El demonio causa mayor daño a las almas cuando, después de que las ha hundido en el pecado, les inspira desconfianza en Dios. Mientras un alma tenga confianza, el camino está abierto. Es verdad que cien pecados ofenden a Dios más que uno, pero si ese pecado es de desconfianza, ese hiere al Corazón de Jesús más que los otros cien. La desconfianza hiere el Corazón de Jesús en lo más sensible. Santa Ma. Faustina Kowalski tuvo revelaciones en Polonia de 1931 a 1938. Nos dio la imagen de la Misericordia : Cristo en actitud de bendecirnos y de inflamarnos: rayos más poderosos que el láser. El rayo blanco significa el agua que brotó de su corazón y que purifica; el rayo rojo simboliza la Sangre que brotó, que es la vida del alma. Estos rayos protegen de la ira del Padre. Le dice Jesús: “Antes de que yo venga como Justo Juez, abro de par en par las puertas de mi misericordia, pero el que no quiera entrar por las puertas de mi misericordia, tendrá que pasar por las puertas de mi justicia”. Dios le hizo ver a Faustina los enormes pecados de la humanidad; ella le dijo: ¿Cómo puedes tolerarlos? El Señor le contestó: “Para castigar tengo la eternidad; ahora, yo prolongo a los hombres el tiempo de mi misericordia, pero ay de ellos si no quieren conocer esta gracia”. En otra ocasión le dijo: “Escribe: cuanto más grande el pecado, tanto más grande es el derecho de mi misericordia: invita a todas las almas a que tengan esperanza en la infinita profundidad de mi misericordia, porque yo quiero redimir a todos. La fuente de mi misericordia fue abierta ampliamente para todas las almas, en la Cruz , por la lanza. A nadie tengo excluido”. Sta. Faustina dice en su diario: “Si el alma profundiza el abismo insondable de su pobreza y miseria espiritual, Jesús en su Omnipotencia la exalta. Si existe un alma que sea verdaderamente feliz en esta tierra, ésta solamente puede ser la que sea verdaderamente humilde (...) La naturaleza humana se opone a las humillaciones, pero si persevera en la lucha, Dios le da mucha luz con la cual percibe cuán vano es todo (...) Jesús mío, nada hay mejor para el alma que las humillaciones. Ser despreciada es el secreto de la felicidad. Si Dios ve a un alma así ansiosa de humillaciones, la colma de sus gracias”. Antes que nada procuraba salvar a los pecadores, ayudar a los moribundos y dar alivio a las almas del purgatorio. Salvar a los moribundos es la mayor obra de misericordia. Hay que rezar por ellos para alcanzarles la gracia de la confianza en la misericordia de Dios. Faustina oraba así: Jesús, libra del fuego del infierno a todas las almas que han de morir hoy, aunque sean los más grandes pecadores: Hoy es viernes, día de tu amarga agonía. Poco antes de morir escribe: Cuando oré por Polonia, oí estas palabras: “A Polonia amo especialmente y, si es obediente, la elevaré en potencia y santidad, de ella saldrá la chispa que preparará al mundo para la última venida Mía”. El Señor ordenó a Faustina que escribiera: “Los pecadores más grandes son los que tienen derecho, en primer lugar, a esperar ante todo en mi misericordia. Las almas que invocan mi misericordia me dan una alegría muy grande; yo les daré gracias aún más grandes que las que me pidieren. Yo me siento incapaz de castigar al pecador, por más grande que haya sido, si acude a mi misericordia, sino que le perdonaré en mi infinita e impenetrable misericordia”. Santa Faustina también tuvo apariciones de la Virgen María. Le dijo: “Yo di al mundo al Redentor, y tú tienes que hablarle al mundo sobre su gran misericordia, y prepararlo para su Segunda Venida. No vendrá como Redentor sino como Juez, será el día de la ira de Dios. Habla de la misericordia divina mientras hay tiempo. Si te quedas en silencio, serás responsable de la pérdida de muchas almas en aquel día terrible. Nuestro Señor dijo a Consolata Betrone: “El mundo va a su perdición, se apresura a su ruina, pero yo lo salvaré por el triunfo de mi misericordia y amor”.

Autor: 

Rebeca Reynaud