La fiesta de la familia

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Ni siquiera Dios quiso prescindir de un hogar. El Todopoderoso, que en Belén –apenas lo acabamos de contemplar en su Nacimiento- no tuvo ninguna comodidad, nació en la pobreza y desamparo más absolutos, consideró sin embargo imprescindible contar con una familia. En el domingo situado entre Navidad y Año Nuevo la Iglesia Católica celebra la fiesta litúrgica de la Sagrada Familia, invitándonos a considerar y convertir en materia de nuestra oración y de nuestro diálogo con Dios, la realidad familiar: Jesús, el Dios-hombre, al asumirla la ha divinizado y la ha convertido en camino para llegar al cielo, así como en tarea para humanizar el mundo.

En la vida del Salvador lo humano y lo sobrenatural se entretejen perfectamente, mostrándonos así un modelo cabal para imitar. La vida familiar de Jesús es para nosotros un ideal que perseguir, una meta que alcanzar, una tarea para realizar. En este sentido Dios no se limita a brindarnos un conjunto de preceptos abstractos, mandamientos y prohibiciones, sino que nos ofrece todo un programa de vida orientado a que podamos alcanzar la felicidad en esta Tierra –en la medida en que eso es humanamente posible- y después su plena realización en el Cielo. Lo maravilloso es que no tengamos que prescindir de aquellas dimensiones profundamente humanas y naturales de nuestra vida,  como lo es la realidad familiar, sino que es tomando ocasión precisamente de eso como llegamos al cielo.

Entonces la vivencia de la fe reclama coherencia: “la mujer que por los rezos deja el puchero quemar, tiene la mitad de ángel, de diablo la otra mitad”; no se limita a una práctica superficial de preceptos o a una acumulación de devociones, sino que tiene que incidir en la perfección humana de las propias acciones. Es decir, si quiero ser buen cristiano debo ser un buen padre, una buena madre un buen hijo. 

No deja de ser atractivo que ahí donde está nuestra vida corriente,  donde están nuestros afectos e ilusiones, ahí está el lugar de nuestro encuentro con Dios. Se disuelven así falsas aporías, ya que mi cariño a Dios no compite –ordinariamente, en alguna situación particular puede no ser así- con el cariño a los míos. Todo lo contrario, el amor a mi familia se configura como parte y requisito de mi amor a Dios, hasta el punto de que están perfectamente entreverados. Dios lo que quiere es que ame mucho a mi mujer, a mi marido y a mis hijos; mi amor a la familia se configura como parte de mi amor a Dios.  Sacando más consecuencias, eso quiere decir, por ejemplo, que el amor conyugal, tan pleno de goces y alegrías en esta vida, cuando se realiza conforme a los planes de Dios, constituye una forma de amarlo a Él; lo que podría parecer más carnal y sensible se convierte en sobrenatural. Igualmente el cariño a los hijos, realidad instintiva en la criatura, es un modo de amar a Dios y de hacer su voluntad.

El camino a Dios en esta vida pasa a través de la familia, ya que en ella, de un modo natural nos despojamos de nuestro egoísmo, salimos de nosotros mismos y aprendemos a amar, con todo el realismo del que esta palabra es capaz: se trata de querer a las personas como son -no como nos gustaría que fueran- con sus defectos incluso, aunque les ayudemos a superarlos. Lo contrario sería una sutil forma de egoísmo: “solo quiero de ti, lo que de ti me agrada, es decir, no te quiero a ti misma, como eres”. Este proceso requiere lucha, una purificación interior, un esfuerzo que nunca puede darse por supuesto; cada etapa de la vida requiere reinventar y redescubrir el cariño: no es lo mismo casarse, tener el primer hijo, que ver como el último abandona el hogar para formar el suyo propio.

La fiesta de la Sagrada Familia nos muestra una cima a la que aspirar, nos recuerda que la realidad familiar es algo dinámico, en tensión hacia su última perfección, no es algo que puedo dar por descontado, a lo que me puedo acostumbrar o que debe estar dominado por la rutina. Es verdad que la rutina, la costumbre y el desencanto acechan a todas las familias, sin embargo no debería ser así. La fiesta nos recuerda que debe existir un proceso de continua mejora: “si dices basta estás perdido, avanza siempre, progresa siempre, mejora siempre” (S. Agustín). Hay que buscar, ordinariamente en cosas pequeñas, como mejorar continuamente: un detalle de cariño, cambiar algún aspecto del carácter –ser más amable en las contestaciones, o más positivo- tomar algún curso para perfeccionar la vida matrimonial, reunirse con otros matrimonios y transmitir experiencias sobre la educación de los hijos, unirse a otras familias para que el descanso tenga un contenido cristiano, unificar criterios en el uso de la computadora, la televisión, las salidas a fiestas y reuniones de los hijos, etc.

Una última mención a San José, que fue padre adoptivo, pero padre realmente y cabeza de la Familia de Nazaret. Nos muestra que la paternidad es mucho más que traer hijos al mundo: es educarlos, quererlos, hacerse responsable, estar al pendiente de su maduración personal. Jesús no quiso prescindir de un padre y nos muestra que los adoptivos, son verdaderamente, en sentido pleno, padres.

Autor: 

Padre Mario Arroyo Marínez

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Fuente: 

Pensar en Cristiano